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El hambre de los pobres como negocioCarmelo Ruiz Marrero Periódico
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| Porotos "terminator" |
Los agroterroristas del futuro probablemente no serán fanáticos religiosos con turbantes y barbas largas, ni Rambos vestidos de fatigas militares, ni tampoco tendrán vínculo alguno a la CIA ni al Pentágono. Lo más seguro es que serán agrónomos del Departamento de Agricultura federal (USDA) y de corporaciones agroindustriales como Monsanto. No hablarán de guerra ni de la seguridad nacional, sino de mejorar la agricultura.
No vendrán con venenos ni con potes de ántrax, sino con semillas. Las plantas que germinen de estas semillas producirán semillas estériles. Siendo estériles, estos frutos se podrán vender como producto, pero no se podrán replantar. Así los agricultores se verán forzados a comprar semillas todos los años. Las corporaciones agroquímicas pretenden introducir este rasgo a todas y cada una de las semillas genéticamente alteradas que vendan en el futuro. Grupos de sociedad civil del mundo entero se refieren a este nuevo invento como semillas suicidas o tecnología exterminadora (terminator).
Desde el punto de vista capitalista, la tecnología exterminadora tiene mucho sentido. Sencillamente hay que proteger la inversión. De la misma manera que Microsoft no quiere que "pirateemos" sus programas, las agroquímicas quieren poner fin al hábito de los agricultores de guardar semilla para el año siguiente.
Varias corporaciones y hasta el propio USDA poseen patentes para diferentes tipos de tecnología exterminadora, la cual goza del apoyo de la Academia Nacional de las Ciencias de Estados Unidos, la prestigiosa Royal Society de Inglaterra, y otras instituciones científicas.
Pero esta tecnología es objeto de repudio mundial. El gobierno de la India anunció que no permitirá la importación de semillas suicidas, y el Grupo Consultivo Internacional para Investigaciones Agrícolas, que es la más importante institución promotora de agricultura moderna en el mundo, declaró que no las usará. Varios gobiernos africanos respondieron a la propaganda de Monsanto en favor de la tecnología exterminadora en una carta abierta titulada "Let Nature's Harvest Continue", en la que sostienen que, lejos de ayudar a alimentar a los hambrientos, es una amenaza a la agricultura.
En septiembre del 2000, un panel de expertos de la Organización de Alimentos y Agricultura de la ONU (FAO) determinó que la tecnología exterminadora es antiética e inaceptable. También ese año, las delegaciones que se reunieron para la quinta conferencia de la Convención sobre Biodiversidad en Kenya recomendaron una moratoria en el desarrollo y uso comercial de semillas suicidas, y que la Comisión de Recursos Genéticos de la FAO investigue sus impactos socioeconómicos, investigación que ya está en proceso.
La película Terminator tiene segunda parte, y también la tiene esta tecnología. Se trata de la tecnología traidora: plantas programadas para morir. Las plantas con este rasgo morirán antes de rendir fruto, a menos que reciban un químico patentado que sólo la compañía que hizo las semillas puede proveer. Este químico puede ir convenientemente mezclado con un yerbicida o pesticida de la misma compañía. (Por ejemplo, Monsanto podría vender semillas de este tipo, que sólo vivirían con dosis constantes del yerbicida Roundup.) De este modo, los agricultores no podrán dejar de usar agroquímicos nunca.
La tecnología traidora, explicada del modo más sencillo, es una técnica que permite la creación de plantas susceptibles a que uno o varios de sus genes puedan ser activados o desactivados mediante la presencia o ausencia de un químico inductor, o mediante algún estímulo externo. Pat Mooney, director del Grupo ETC, afirma que el uso de estas semillas suicidas equivale a guerra biológica y es por lo tanto inmoral y una violación de la Convención sobre Armas Biológicas, firmada en 1972.
¿Se usará la biotecnología, en especial las tecnologías exterminadora y traidora, para cometer actos de sabotaje económico y terrorismo ecológico en las guerras del siglo XXI? Imaginen el siguiente escenario: Estados Unidos exporta a otro país semillas genéticamente alteradas con secuencias suicidas que permanecen inactivas generación tras generación siempre y cuando se le aplique a la cosecha un yerbicida de fabricación estadounidense, como Roundup. El país importador no sabe nada de esto.
Unos años después el país importador decide cambiar a otro yerbicida hecho por algún competidor europeo, o decide dejar de usar yerbicidas para practicar una agricultura sustentable, libre de químicos. El gobierno de Estados Unidos le informa entonces que tal acción activaría la secuencia suicida en las semillas, lo cual significa que deberá seguir comprando indefinidamente el yerbicida yanqui, o prepararse para un desastre económico o hambruna.
La secuencia suicida de la tecnología traidora podría activarse a la inversa: con la aplicación de un químico inductor. Siguiendo el escenario descrito anteriormente, aviones estadounidenses volarían subrepticiamente sobre las tierras agrícolas del país importador, rociando el químico que induciría las plantas con genes "traidores" a "suicidarse".
¿Paranoia de este reportero? En el 2000, la Universidad de Purdue anunció que desarrolló una técnica que permite que la secuencia suicida permanezca inactiva por varias generaciones, y que se podría activar en el momento que convenga con la aplicación del químico inductor.
¿Sería posible que se usen las semillas suicidas como arma de coerción económica en el futuro? En enero del 2000, cuando 108 gobiernos se reunieron en Montreal para discutir los riesgos de la ingeniería genética, la delegación estadounidense amenazó con sanciones económicas al país que no acepte la importación de semillas con tecnología exterminadora.
La exportación de semillas suicidas va muy a tono con la política de Estados Unidos de oponerse a que los países importadores de alimentos lleguen a la autodependencia alimentaria. Esta postura la articuló el secretario de agricultura de Estados Unidos John Block en 1986: "(La) idea de que los países en vías de desarrollo deberían alimentarse a sí mismos es un anacronismo. Ellos podrían asegurar mejor su seguridad alimentaria comprando productos agrícolas estadounidenses".
Diez años después de esas cándidas palabras, la delegación de Estados Unidos en la Cumbre Mundial sobre Alimentos intentó sin éxito que se eliminara de la declaración final toda mención del concepto de autodependencia alimentaria.
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