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México y Canadá frente a EE.UU.
El sheriff está rodeado
Por Naomi Klein
Traducción: Tania Molina Ramírez
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Naomi Klein |
México y Canadá, dos
grandes socios comerciales de Estados Unidos, están contra
la guerra. Su rechazo no es espectacular comparado con los de Europa,
China y la mayoría del mundo árabe.
Sin embargo, pueden representar un mayor reto para el Imperio Estadunidense.
Claro, era de esperar que los países europeos y árabes
retaran a Estados Unidos, pero ¿Canadá y México?
Somos más que amigos, más que aliados estratégicos.
Somos Estados satélite, sus patios delantero y trasero, le
proveemos de mano de obra y energía barata y, claro, brindamos
apoyo incondicional. Y esto es lo que hace a las posiciones de Canadá
y México significativas.
Quizá Estados Unidos pueda vivir sin la ONU, quizá
pueda pasarla sin Francia. Pero no podría proteger a su pueblo,
tanto económica como físicamente, sin la ayuda de
estos dos países. Las implicaciones serán de largo
alcance. ¿Puede haber imperios todo-poderosos sin colonias
fieles?
De niña me costaba trabajo entender por qué mis padres
y hermanos vivíamos en Montreal y el resto de la familia
–abuelos, tías, tíos, primos– estaban
esparcidos por todo Estados Unidos. Durante las largas travesías
para ir a visitar a parientes en New Jersey y Pennsylvania, mis
padres nos contaban sobre la Guerra de Vietnam y los miles de estadunidenses
activistas por la paz que, como nosotros, se colaron a través
de la frontera con Canadá a finales de los sesenta.
Me dijeron que el gobierno canadiense no sólo se mantuvo
oficialmente neutral durante la guerra, también se ofreció
como santuario a los ciudadanos estadunidenses que se rehusaban
a pelear en una guerra que creían estaba mal. Mientras en
casa nos llamaban despectivamente “los esquivadores del reclutamiento”,
en Canadá nos daban la bienvenida como objetores de conciencia.
La decisión de mi familia de emigrar a Canadá se
tomó antes de que yo naciera, pero estas historias románticas
sembraron una idea en mi cabeza cuando era demasiado joven como
para hacerla a un lado: creía que Canadá tenía
una relación con el resto del mundo que era radicalmente
distinta de la que tenía Estados Unidos; que a pesar de las
similitudes culturales y la proximidad geográfica, unos valores
más humanistas y menos intervencionistas guiaban nuestra
manera de actuar. En pocas palabras, pensaba que éramos soberanos.
Desde entonces, he buscado evidencia que respalde aquella creencia
de mi niñez (algunos dirían que infantil) –sin
suerte. Hasta la semana pasada, cuando la política exterior
canadiense dio su giro más radical de alejamiento de Estados
Unidos desde la Guerra de Vietnam.
Así como pasaba en los sesenta, la posición de Canadá
respecto de esta invasión estadunidense a Irak está
llena de hipocresía. Tenemos a 31 soldados en el golfo Pérsico,
que están de servicio a través de un intercambio [un
programa de intercambio entre el ejército canadiense y los
ejércitos estadunidense y británico] al lado de las
tropas estadunidenses y británicas, así como tres
buques de guerra en la región.
Estos, dice el primer ministro Jean Chrétien, están
ahí como parte del apoyo al viejo modelo de “la guerra
contra el terror”, no al nuevo modelo de guerra contra Irak,
aun cuando el anterior fue oficialmente relanzado como el posterior
(nunca hemos sido buenos para seguir la moda).
Pero el hecho notable es éste: tras décadas de seguir
a Estados Unidos en sus principales campañas militares, Canadá
no está respaldando esta guerra. ”Si comienzas a cambiar
regímenes, ¿dónde paras?”, preguntó
Chrétien.
La posición del presidente Vicente Fox ha sido igualmente
notable. Aunque también expresó sus reservas, su posición
ha sido clara: “Estamos contra la guerra”.
Estos tibios, hasta ambivalentes rechazos, no parecen especialmente
espectaculares si se comparan con el discurso político grandilocuente
de Europa, China y la mayoría del mundo árabe. Sin
embargo, las decisiones de Canadá y México podrían
representar un mayor reto para el Imperio Estadunidense que todo
el griterío que proviene del otro lado del mar.
Más que
amigos
Después de todo, uno casi podría esperar que los
países europeos y árabes reten a Estados Unidos, pero
¿Canadá y México?
Somos más que amigos, más que aliados estratégicos.
Somos Estados satélite, extensiones de Estados Unidos, su
patio delantero y trasero, le proveemos de mano de obra barata (México)
y de energía barata (Canadá) y, claro, brindamos apoyo
incondicional. Se supone que somos del mismo equipo –el equipo
TLCAN.
Y esto es lo que hace tan significativo el hecho de que Canadá
y México se enfrenten a Estados Unidos respecto de la guerra
–aunque tratemos de no atraer demasiada atención hacia
nosotros. Los imperios necesitan colonias para sobrevivir, países
que son tan dependientes económicamente, tan inferiores militarmente,
que la acción independiente es impensable.
Solidificar y profundizar estos temores y dependencias entre los
vecinos más cercanos y los mayores socios comerciales de
Estados Unidos ha sido el mayor logro del TLCAN. Los números
hablan por sí solos: 86% de las exportaciones canadienses
y 88% de las exportaciones mexicanas van directamente a Estados
Unidos. Si Estados Unidos emprendiera represalias contra nosotros
mediante el cierre de sus fronteras, las economías de Canadá
y México se derrumbarían de la noche a la mañana.
Con esos riesgos en mente, John Ibbitson, en un artículo
publicado en The Globe and Mail [diario canadiense en el que colabora
la autora] la semana pasada, denostó la audacia de los miembros
del parlamento canadiense que se atrevieron a cuestionar la legalidad
del ataque de George W. Bush contra Irak. “Si tú eres
uno de los millones de canadienses cuyo trabajo depende del libre
flujo de bienes y servicios con Estados Unidos, deberías
de estar furioso”. En otras palabras, deja que los europeos
tengan ideas elevadas sobre la legislación internacional
–nosotros tenemos partes automotrices “justo-a-tiempo”
que entregar.
Y sin embargo, de alguna manera, a pesar de nuestras extremas dependencias
económicas y nuestro miedo a las represalias, la mayoría
de los canadienses y mexicanos apoyan nuestra oposición a
la guerra. Esta valentía no llegó de la noche a la
mañana –nos la ganamos, con cada desaire de la administración
Bush.
Canadianizar y mexicanizar
Tras el 11 de septiembre de 2001, Washington repentinamente abandonó
sus planes de legalizar el estatus de millones de mexicanos indocumentados
que trabajan sin protección en Estados Unidos, un golpe que
dañó seriamente la popularidad de Fox en casa. Y,
en vez de canadianizar la frontera mexicana, Estados Unidos optó
por mexicanizar la frontera canadiense. Para los ciudadanos canadienses
que nacieron en uno de los países que Estados Unidos considera
un riesgo, entrar a Estados Unidos se ha vuelto un ejercicio de
humillación, con todo y la toma de fotografía y de
huellas digitales de rutina.
Hay otro factor que propició esta nueva valentía:
es más fácil arriesgar las relaciones comerciales
cuando las políticas de “libre comercio”, tras
su fracaso en cumplir con tantas promesas, son cada vez más
impopulares. La semana pasada, The Washington Post informó
que si bien el volumen comercial de México se triplicó
desde la firma del TLCAN, la pobreza se ha incrementado drásticamente,
con 19 millones de mexicanos más que viven en la pobreza
en comparación con hace 20 años.
La debilidad del Imperio
Ahora que México y Canadá decidieron declarar su
independencia de Estados Unidos respecto del asunto de Irak, algo
asombroso ha pasado: nada. Ninguna represalia, ni siquiera una reacción
–simplemente una expresión de “decepción”
del embajador estadunidense a Canadá. Quizá están
demasiado ocupados golpeando a los franceses como para darse cuenta.
Y he aquí el significado real de las posiciones canadiense
y mexicana. Todo imperio, sin importar lo poderoso que sea, también
es débil: un impresionante poder disfraza una rapaz necesidad,
una cuidadosamente escondida dependencia en todos los aspectos de
los colonizados, desde recursos, pasando por mano de obra, hasta
tierra para bases militares.
Mientras los lacayos más leales de Estados Unidos tentativamente
se enfrentan, uno tras uno, no podemos sino darnos cuenta de que
no sólo necesitamos, también nos necesitan. Solos,
Canadá y México pueden parecer prescindibles, pero
¿combinados? Esa es una historia distinta.
Juntos, México y Canadá representan 36% del mercado
de exportación de Estados Unidos. Nosotros proveemos a Estados
Unidos de 36% de sus importaciones netas energéticas y 26%
de sus importaciones netas petroleras. Por más que sus líderes
quieran imaginar otra cosa, Estados Unidos no es una isla. Comparte
12 mil kilómetros de frontera con Canadá y México,
que no puede proteger sin nosotros.
Quizá se suponía que estos números nunca deberían
de haberse sumado. El TLCAN nunca fue realmente una sociedad entre
tres: se asemejaba más a dos tratados comerciales bilaterales
que se juntaron: uno entre Estados Unidos y Canadá, y otro
entre Estados Unidos y México.
Esto empieza a cambiar conforme caemos en la cuenta de que si bien
Estados Unidos puede actuar como una isla que no depende de nadie,
vive en un barrio. En el extranjero, Estados Unidos puede navegar
a la victoria militar, pero en casa, de pronto se encuentra rodeado.
Así que mientras Europa alerta sobre el ascenso de una nueva
era del imperialismo, irónicamente, lo que estamos presenciando
en Norte América es lo opuesto: la sorprendente vulnerabilidad
de un superpoder, tan dependiente como peligroso. Quizá pueda
vivir sin las Naciones Unidas, quizá pueda prescindir de
Francia. Pero Estados Unidos no podría proteger a su pueblo,
tanto económica como físicamente, sin la ayuda de
México y Canadá, de la misma manera en que no puede
separarse del planeta Tierra.
Las implicaciones, de darse cuenta de esto, serán de largo
alcance. Y es que no puede haber imperios todo-poderosos sin colonias
fieles.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/
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