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Ecologia Politica de la Guerra
por Eduardo Gudynas
Muchos podrían considerar
que el tema de la guerra tiene poco que ver con la perspectiva ambiental,
o que a lo sumo sólo interesa por los impactos ambientales
que pueda ocasionar. Creo que es una postura equivocada. También
hay varios que la consideran un tema lejano a América Latina,
y estimo que esa posición también está errada.
Deseo presentar algunos argumentos para demostrar que el drama de
la guerra merece ser analizado desde la ecología política.
En primer lugar es necesario desenmascarar las implicancias económicas.
Desde hace años se viene repitiendo que no hay dineros disponibles
para la calidad ambiental y la calidad de vida; en más de
una ocasión se pone como excusa la necesidad de atender otras
áreas que se dicen más importantes; y en nuevas posiciones
extremas se presiona para que emprendimientos ambientales, como
las áreas naturales protegidas, se autofinancien. El gobierno
de Estados Unidos ha llegado a decir que no puede aplicar el Convenio
de Kyoto para reducción de emisiones de gases contaminantes
porque perdería dinero y sería perjudicial para su
economía.
Rápidamente surge una pregunta clave: ¿cómo
puede decirse que no hay dinero cuando se invierten miles de millones
de dólares en una guerra? Por ejemplo, la Oficina del Presupuesto
de EE.UU. sostiene que el primer mes de guerra en Irak costará
unos 10 mil millones de dólares, y otros 8 mil millones por
cada mes adicional. Comparando esas cifras con los cálculos
del costo de aplicación de la Agenda 21, el programa ambiental
aprobado por todos los gobiernos en la cumbre de Rio de Janeiro
de 1992 (y que EE.UU. también apoyó), se encuentra
que los gastos de este primer mes de guerra servirían para
cubrir las acciones en biodiversidad y agricultura de todo un año,
y en todo el planeta. Las estimaciones del costo total de la guerra
en Medio Oriente alcanzan los 120 mil millones, según el
conocido economista William Nordhaus de la Universidad de Yale,
una cifra que si se utilizara con fines ambientales permitiría
financiar acciones todavía en muchas más áreas,
como las de pobreza, deforestación y aguas a nivel global
y durante todo un año.
El costo anual de aplicación de todos los programas de la
Agenda 21 podrían cubrirse con el presupuesto de defensa
de los Estados Unidos (400 mil millones de dólares), y seguiría
sobrando algún dinero. Por estas razones es infundado sostener
que no existe financiamiento disponible para extensas y enérgicas
medidas en materia ambiental. La guerra ha desenmascarado una vez
más que los dineros están allí, a la mano,
y que en realidad se carece de voluntad política para usarlos.
En segundo lugar, el actual conflicto de EE.UU. contra Irak ha
agrietado todo el sistema de convenios y regulaciones internacionales
que han conformado las naciones desde el fin de la segunda guerra
mundial. Un número significativo de esos convenios globales
son específicamente ambientales, tales como la Convención
del Cambio Climático o la Convención de la Diversidad
Biológica. Allí los países acuerdan reglas
mutuas para cumplir con medidas ambientales, y si bien todavía
poseen muchas fallas, no dejan de ser muy importantes. Este sistema
multilateral se encuentra jaqueado; Estados Unidos ha rechazado
tratados internacional (en el campo ambiental el Protocolo de Kyoto
sobre el cambio climático y la Convención de Biodiversidad).
Desde el punto de vista de la ecología política es
indispensable fortalecer el entramado multilateral en tanto allí
se pueden lograr obligaciones recíprocas en temas ambientales.
También ha quedado muy golpeado el sistema de las Naciones
Unidas. Más allá de los impactos sobre el Consejo
de Seguridad, todo ese sistema está en entredicho, y con
ellos sus agencias y programas. Un enorme signo de interrogación
se cierne entonces sobre el alcance de las actividades que puedan
hacer en cuestiones ambientales el Programa de las Naciones Unidas
para el Medio Ambiente (PNUMA) o la UNESCO si llegan a estar en
contra de los intereses de Washington. Cualquiera de esas agencias
han desempeñado papeles importantes en América Latina.
Obviamente las consideraciones sobre la guerra no pueden quedar
reducidas a cuestiones de precios o tratados internacionales. El
conflicto armado implica la destrucción de la vida, tanto
la humana como la del resto del ambiente. El secretario general
de la ONU, Koffi Annan sostiene que el 75% de las bajas en la guerra
serán civiles, y es posible que en esta ocasión cientos
de miles de personas pierdan sus vidas. Esos temas encuentran hoy
por hoy amplia discusión en la prensa y otros medios de análisis.
A ese debate se han sumado los efectos ambientales; los más
publicitados en la guerra en el Medio Oriente han sido los incendios
de los pozos de petróleo, pero a ellos hay que sumarles otros
como la diseminación de sustancias químicas, la contaminación
de los cursos de agua o el uso de municiones con uranio. Informes
recientes muestran que en la primera guerra del Golfo, las fuerzas
iraquíes incendiaron unos 700 pozos de petróleos con
fuertes efectos en el clima regional, se contaminó el 40%
de las reservas de agua potable y se alteró la vida costera
marina. Estos y otros efectos se mantuvieron por años, y
se suman a los que ocurrieron antes por la guerra entre Irak e Irán
en la década de 1980.
La perspectiva ambiental se ha ampliado hasta dejar en claro que
una de las causas centrales de la guerra es ganar un acceso privilegiado
a un recurso natural, el petróleo. Podrá argumentarse
que eso ha sucedido por siglos, ya que las invasiones y conflictos
buscaban ganar más tierras, minerales preciosos o nuevos
alimentos. En muchos sentidos la conquista de América fue
una apropiación europea sobre sus recursos naturales. Lo
que ha cambiado en la actualidad es que reconocemos la cualidad
de "recurso natural" del petróleo, y la perspectiva
ambiental se ha incorporado a las consideraciones geopolíticas.
El conflicto en el Golfo Pérsico es interpretado por algunos
como una disputa sobre los recursos, y eso inmediatamente desencadena
temores en América Latina en tanto alberga enormes riquezas
en energéticos, biodiversidad y agua. Quedan entonces planteados
nuevos temas sobre una "geopolítica verde" Latinoamericana
frente a las potenciales disputas sobre nuestras riquezas naturales.
Como contrapartida, si contáramos con estrategias en desarrollo
sustentable mucho más enérgicas, seguramente nuestras
economías no dependerían tanto del petróleo
y una de las cusas de esta guerra podría minimizarse. La
propia insustentabilidad de los estilos de desarrollo actual, y
en especial el uso exacerbado de energía, arrastran a que
algunos Estados deban asegurarse los suministros energéticos,
y prefieren los costos de una guerra antes que la molestia de abandonar
sus calefactores o automóviles.
A mi entender, Centro América tiene mucho que decir sobre
todas estas cuestiones, ya que allí tuvieron lugar muchos
conflictos armados intestinos, donde también tuvieron lugar
escenas de muerte y destrucción ambiental. Sus secuelas se
sienten hasta el día de hoy con ejemplos de degradación
ambiental así como en el retraso económico. Es oportuno
recordar el testimonio de Oscar A. Pérez (CEASPA, Panamá),
quien hace 15 años atrás señalaba que en el
conflicto salvadoreño de la década de 1980 se utilizó
intensamente a la fuerza aérea, bombardeando a los guerrilleros
y la población civil, y a la Naturaleza que los albergaba.
En aquellos años la Universidad Centroamericana indicaba
que se lanzaban un promedio de 300 libras de TNT por cada guerrillero,
y se sumaban los testimonios sobre el uso de sustancias químicas.
Esa experiencia también nos recuerda la necesidad de buscar
y construir la paz insistentemente. Muchas organizaciones ciudadanas
y líderes destacados actuaron a ese nivel, y algunos lo pagaron
con su vida. Las posiciones nacionales autónomas son importantes
para ese fin, y recuerdo que Costa Rica desempeñó
ese papel durante algún tiempo manteniendo su independencia
ante las demandas de Washington. Los duros acontecimientos de aquellos
años enseñaron que es indispensable no renunciar a
la búsqueda de la paz; siempre habrá una nueva alternativa,
otra posibilidad, para encontrar la paz: la guerra no es una posibilidad
aceptable.
En ese sentido debemos reconocer que muchos centroamericanos tienen
mucho que enseñar a los ambientalistas, y en especial a algunos
partidos verdes europeos. Si bien en el viejo continente incorporaron
el mantenimiento de la paz al núcleo central de sus programas,
han llegado a perder la autonomía y la constancia sucumbiendo
ante la fatalidad de la guerra. El caso más dramático
ha sido el líder del Partido Verde alemán, Joschka
Fischer, que como ministro de relaciones exteriores terminó
apoyando y defendiendo los bombardeos y la intervención militar
en Kosovo.
Esta actitud merece una detenida reflexión desde la ecología
política: ¿hasta dónde puede llegarse empujado
por el realismo político? A mi entender la experiencia centroamericana
brinda el sentido de la respuesta, y la paz no puede ser negociable
para ningún ambientalista. Por lo tanto, la ecología
política debe abordar la búsqueda de la paz y presentarla
como una condición indispensable para cualquier estrategia
volcada a la sustentabilidad. Es que la guerra también significa
la destrucción de la política. Sea por un camino o
por otro, desde la ecología política sólo hay
una opción posible para avanzar hacia la sustentabilidad:
la paz es indispensable y nunca se puede renunciar a ella.
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La versión completa del artículo se ofrece en www.ambiental.net,
mientras que otra versión aparecerá en la revista
centroamericana de ecología política AmbienTico
Fuente: TEKO-HA. Boletin en Ecologia Social y Ecologia
Humana. Centro Latino Americano de Ecologia Social (CLAES)
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