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Premio Príncipe de Asturias
de las Letras
Un domingo llamado Sontag
por Carlos Fuentes
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Susan Sontag |
"Sontag" quiere decir
"Domingo". Pero el día de Susan Sontag no es jornada
de reposo, ni día del Señor. Es día de Luz.
Y si escribo la palabra con "ele" mayúscula es
porque esta mujer victoriosa, vencedora de la enfermedad, expatriada
de la muerte, americana universal, pensadora insatisfecha, crítica
de su patria cuando los EE UU se traicionan a sí mismos,
hermana de las incontables víctimas de la violencia histórica,
pensadora del pasado para entender mejor el presente, definitiva
definitoria de la "interpretación" de la modernidad,
es, sobre todo, novelista.
¿Qué clase de novelista? En la gran línea
de Hermann Broch, polifónica. El amante del volcán,
En Amér ica, son coros narrativos en los que la gran ensayista,
heredera de Walter Benjamin y de Isaiah Berlin, expande el territorio
de la narrativa para incluir historia, filosofía, pasión
personal, biografía, ensayo y fábula, todo ello inmerso
en una conciencia del mundo que, mágicamente, excluye la
conciencia autoral.
Hay un "yo" invisible en las novelas de Sontag y nada
ilustra mejor este aserto que el maravilloso "capítulo
cero" de En América, la obertura casi operística
de un "drama gioccoso", que diría Mozart, en la
que los personajes de la obra están todos presentes en una
reunión espectral, atemporal, puramente imaginativa, a la
cual asiste ese "yo" invisible que enseguida desaparecerá
para dar curso a la obsesiva saga de los expatriados -que no inmigrantes-
a una América que sólo inaugura su modernidad gracias
a su extranjeridad -el flujo de Europa al Nuevo Mundo- y luego se
incorpora a la derrota del olvido norteamericano, el país
que quiere ser puro futuro.
Por eso Susan Sontag aterriza en América como un ave solitaria,
bella y ligeramente amenazante, para decirle a sus compatriotas:
-Recuerden.
La memoria propuesta por Sontag no es ajena a la incomodidad de
saber que la insatisfacción es el motor de la energía
y que la felicidad es sólo un instante fugaz, y no ese derecho
beato prometido por los documentos de la fundación nortamericana.
"Mi América se llama Europa", declara Sontag con
orgullo desafiante. El desafío es el de ampliar constantemente
el horizonte de la cultura. Hallar la unidad posible sólo
en virtud de una cultura multidimensional. Asumir la carga del pasado,
y darle a todo ello forma literaria. Sontag, la narradora de ficciones,
asume el descrédito de las viejas máximas de la crítica
doméstica anglosajona (ejemplo: E. M. Forster en Aspectos
de la novela). Sontag niega la buena educación de escribir
novelas con inicio, mitad y fin. Y se suma, junto con sus amigos
Juan Goytisolo y José Saramago (entre otros), a la creación
de novelas de proceso y transición porque sólo son
parte de una narración interminable...
"Mi América se llama Europa", dice la eminente
ganadora del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2003
anunciado ayer en Oviedo. Esa "vieja Europa" despreciada
por lo que Susan Sontag denomina, sin titubeos, el fundamentalismo
imperialista del Gobierno de George W. Bush, "un presidente
robot", mera figura de una sociedad movida por la fuerza, la
ambición y el lucro. Lo que Sontag denuncia es la mentira
como velo de la violencia. Nos pide reflexionar sobre la violencia
de quienes designan y deciden la realidad de la guerra. Lloremos
juntos, dijo el 11-S, pero no seamos estúpidos juntos. Los
EE UU son fuertes, pero tienen que ser algo más que "fuertes".
Tienen que ser una promesa con memoria, una libertad crítica,
un derecho radicado en la humanidad de cada ciudadano. "Hay
tanto que admirar. Hay tanto que deplorar", dice esta mujer
de tiempos múltiples, la Sontag moderna que nos describe,
en El amante del volcán , y En América, que la experiencia
nacional sólo se intensifica mediante la experiencia universal.
Y que un escritor no es lo que representa, sino lo que escribe.
Muchos domingos, Sontag.
Fuente: EL PAÍS
http://www.elpais.es/
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