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«Ejercer el periodismo es ejercer la libertad
social»
Carlos Fuentes
El País. España, mayo del 2003.
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Para Ortega, se trataba de hacer
partícipe de la cultura a todo un público y hacerle
entender que la actualidad -el periodismo- es expresión
del presente, pero necesariamente contiene 1a memoria del pasado
y la proyección del porvenir. |
Discurso de Carlos Fuentes en la entrega
de los premios Ortega y Gasset
Ortega y Gasset fue maestro de mi generación latinoamericana
y mexicana, de las dos anteriores a nosotros y de las dos que nos
han seguido. Semejante continuidad de la enseñanza orteguiana
se debe a muchos factores. En primer término, la claridad
de las ideas y la felicidad de la frase. Y algo más: la capacidad
coloquial de Ortega para mantenerse en contacto con el público,
sin disminuir en un ápice la profundidad de un pensamiento
que anhelaba convertir la mera necesidad en cultura.
¿Cómo? Para Ortega, se trataba de hacer partícipe
de la cultura a todo un público y hacerle entender que la
actualidad -el periodismo- es expresión del presente, pero
necesariamente contiene 1a memoria del pasado y la proyección
del porvenir.
Denunció Ortega la perversidad -lo cito- de "toda ética
que ordene la reclusión permanente de nuestro albedrío
dentro de un sistema cerrado de valoraciones". De allí
su extraordinario esfuerzo por definir a España con medidas
más allá de las fronteras peninsulares. Y no se trataba
de renunciar a las raíces. Todo lo contrario. Ortega quería
llevar la periferia al centro y hacer centrales todas las periferias.
No hicieron otra cosa, contemporáneamente a Ortega, Alfonso
Reyes en México ("Seamos generosamente universales a
fin de ser provechosamente nacionales") o Gilberto Freyre en
Brasil ("Presentémosle su pasado a nuestro pueblo a
fin de otorgarle su valor universal").
Todos estos escritores tomaron la totalidad de la cultura y la
hicieron suya, es decir, nuestra.
Lo hicieron mediante la palabra. Y en este punto debo añadir,
a la distinción de hablaros hoy desde este sitio, la honra
de suceder en tan grata obligación a un filósofo tan
inmenso como Emilio Lledó.
La devoción apasionada de Lledó a la palabra queda
demostrada en su relación verdaderamente amorosa con el verbo
de Miguel de Cervantes y San Juan de la Cruz. Para Lledó,
el compromiso del lenguaje -lo cito- "no es más que
el deseo y la práctica de que el lenguaje que somos, la voz
que emitimos, las ideas en las que nos apoyamos... pueden identificarse...
con lo que hacemos".
Si etimológicamente la palabra "historiador" significa
el testigo, el que ve lo que pasó, ¿no conviene soberanamente
esta raíz del nombre a quienes hoy, más que nadie,
ven, atestiguan y relatan: los periodistas?
Ejercer el periodismo es una forma de ejercer la libertad social:
el periodista es factor indispensable para que los hombres y las
mujeres, bien informados, actúen política, social
y personalmente para mejorar su entorno.
Los despotismos políticos, en cambio, despojan a las personas
de esa libertad de acción y del doble derecho a informar
y ser informados, mediante la destrucción, si ello es necesario,
del entorno mismo de la vida.
Éste es el terrible dilema que hoy confrontamos todos, como
escritores, como periodistas, como ciudadanos, como personas: cómo
defender esa parte esencial de la libertad que es no sólo
la libertad de información, sino el derecho a la información.
De este doble derecho son privados, consuetudinariamente, los ciudadanos
de 43 países, catalogados por Reporteros Sin Fronteras, donde
más de un centenar de periodistas siguen en prisión
y, a lo largo del año pasado -cito a Fernando Castelló-,
25 periodistas fueron asesinados; 692, detenidos; 1.420 sufrieron
amenazas de muerte, y 389 medios de comunicación fueron sometidos
a censura.
En nuestra propia América Latina, la más reciente
redada de Fidel Castro -78 disidentes condenados a un total de 2000
años de prisión- incluye a escritores y periodistas
libres como Raúl Rivero y Ricardo González -amén
de tres ejecuciones sumarias en un país que vulnera el derecho
de libre desplazamiento de sus ciudadanos-.
Mal contribuye el régimen cubano a concentrar la repulsa
mundial al belicismo de Washington, desplazándolo del terreno
real de la guerra en Irak al de una invasión hipotética
de la isla de Cuba.
Establezco un contexto. Los 50 años de la guerra fría
mantuvieron la paz debido a políticas de contención
y disuasión. Hoy, séanos permitido expresar cierta
nostalgia por la guerra fría. El nuevo orden internacional
anunciado por el primer presidente Bush al caer el muro de Berlín
ha degenerado en el más peligroso desorden internacional
bajo el mandato -de incierto origen, de dudosa legalidad- del actual
presidente Bush. Entre uno y otro medió la presidencia -la
añorada presidencia- de Bill Clinton. Externamente, los EE
UU eran ya la superpotencia. Pero Clinton ejerció el poder
norteamericano con mesura, mediante consulta, admitiendo errores,
dándole su lugar y su honor a cada nación. O como
lo ha dicho Felipe González, no sólo respetando, sino
solicitando la opinión de otros gobiernos.
E internamente, Clinton llevó la productividad norteamericana
a su más alto grado, convirtió el déficit en
excedente presupuestal, aprovechó el bono de la paz para
extender el comercio, las comunicaciones y la cultura. Hoy, bien
puede recordarnos Clinton que el verdadero subtexto del terrorismo
es saber cómo gobernar a un mundo interdependiente que reclama
solidaridad política, económica, educativa y de salud
para superar la injusticia de que la mitad de los habitantes del
planeta vivan -o sobrevivan- con menos de dos dólares diarios.
Tres mil millones de hombres, mujeres y niños con menos
de dos dólares diarios.
No son estas, en esta noche en que nos reunimos a celebrar y a
defender la palabra, las ideas prioritarias del nuevo desorden mundial.
El superávit de Clinton ha sido dilapidado por Bush: menos
impuestos y mayores gastos militares.
Disuasión y contención han sido sustituidos por el
peligrosísimo principio del ataque preventivo. Tal fue el
pretexto aplicado por el Imperio Japonés en su ataque contra
la democracia norteamericana en Pearl Harbor el 7 de diciembre de
1941, "un día que vivirá en la infamia",
dijo el más grande presidente norteamericano del siglo XX,
Franklin Délano Roosevelt.
Pero pocos años después del fin de la Segunda Guerra
Mundial, una histeria inquisitorial encabezada por el senador Joe
MacCarthy se apoderaba de la nación norteamericana y ponía
en crisis todos los principios democráticos por los que 300.000
soldados estadounidenses dieron la vida en las playas de Normandía
y los islotes del Pacífico.
¿Imperio o Democracia? ¿Dr. Jekyll o Mr. Hyde? "No
salgamos al exterior a cazar monstruos", advirtió el
segundo presidente de los EE UU, John Adams. Pero la metáfora
de Melville se repite una y otra vez: portador de la certeza religiosa
y maniquea de encarnar el bien, el capitán Ajab se lanza
a la caza de la abominable ballena blanca, Moby Dick.
La aventura maniquea -"conmigo o contra mí", "combatamos
al eje del mal"- termina en el desastre del buque ballenero
y la destrucción de su evangélico capitán...
¿Qué puede impedir semejante catástrofe?
El escenario hoy es una guerra injusta contra un tirano, a su vez
injusto.
Pero a nadie sorprende que Sadam Husein actuase despóticamente.
Sus palabras y sus acciones eran coincidentes.
Lo terrible, lo que nos angustia e indigna, es que los EE UU de
América, una potencia democrática, olviden sus propios
principios y actúen, sin ser una tiranía, con la misma
arbitrariedad violenta del enemigo déspota.
Las víctimas de esta guerra lamentable son, algunas, jurídicas
y políticas:
- Las instituciones internacionales.
- La Unión Europea.
- La Alianza Atlántica.
- El multilateralismo.
Otras son humanas: hombres, mujeres y niños inocentes.
Un niño huérfano y mutilado, Alí, permanecerá
como símbolo de la guerra de Irak, como una niña incendiada
por el napalm y corriendo desnuda por una carretera quedará
como imagen de la guerra de Vietnam. Pero la víctima mayor
de una guerra injusta es siempre la verdad.
La lista de periodistas victimados, más que físicamente,
en su dignidad profesional crece cada día.
Phil Smucker, del Christian Science Monitor, de Boston y del Daily
Telegraph, de Londres, fue expulsado de Irak por las autoridades
norteamericanas. Su pecado: poner en peligro la guerra mediante
reportajes demasiado precisos. El legendario Peter Arnet fue destituido
por la cadena televisiva NBC. Su pecado: expresar un punto de vista
profesional opuesto al punto de vista oficial.
Un trío honorable de periodistas españoles -Pachú,
Pedro y Jon Andar- declararon ante la imposibilidad de informar
verazmente:
-No somos corderos de un rebaño. No nos callarán.
No nos callarán.
Qué gran triunfo. Pero qué doloroso triunfo, cuando
el corresponsal de la cadena de la televisión ABC tiene que
abandonar el frente ante el sesgo informativo impuesto por el comando
central de la invasión.
Qué doloroso triunfo cuando el corresponsal de The New York
Times en Doha tiene que reprochar la falta de veracidad de las autoridades
militares de ocupación.
Qué doloroso triunfo cuando el corresponsal mexicano de
Televisa Joaquín López Dóriga tiene que denunciar
la contradicción entre los partes militares optimistas y
la cruda realidad de una campaña de costos imprevistos.
Qué doloroso triunfo cuando dos de los mayores medios de
información británicos, la BBC y el diario The Independent,
denuncian la exclusión de los corresponsales que no siguen
la línea oficial de Bush y de Blair.
Y qué razón asiste al filósofo español
Eduardo Subirats cuando afirma que estamos ante un totalitarismo
mediático caracterizado por la manipulación a nivel
planetario.
En efecto, la consejera de Seguridad Nacional del Gobierno de Washington,
Condoleezza Rice, no se mide cuando ataca a lo que llama "la
prensa incómoda".
Pero, ¿es otra la misión más inmediata de
la prensa: incomodar, quebrantar dogmas, afirmar verdades desagradables?
A los periodistas censurados y obstaculizados se añaden trágicamente
los muertos en el cumplimiento de su deber:
- José Couso, de Tele 5, víctima de la fuerza invasora.
- Julio Anguita Parrado, del diario El Mundo, víctima de
la fuerza defensora.
Sí, Couso y Anguita, dos héroes españoles
del derecho a la información. Dos héroes símbolos
de heroicidad de la otra fuerza, la fuerza informativa: los periodistas
muertos en el ataque salvaje, imprevisto y no provocado al hotel
Palestina, a sabiendas de que era el albergue de la prensa internacional
que cumple con su deber de ver y decir.
Nadie tenía noticia de que el hotel era objetivo militar.
No podía serlo. Era centro de información, es decir,
de difusión de la verdad. Por eso fue atacado mortíferamente
por un carro de combate norteamericano. Porque los periodistas no
abandonaron su puesto a pesar de que se les había solicitado
oficialmente salir del país atacado. Pero ninguna autoridad
invasora había designado el hotel como objetivo militar.
Quede el recuerdo de la destrucción del hotel Palestina
y el nombre de los periodistas desarmados que allí cayeron
asesinados por el fuego de una censura mortal -quede el hotel Palestina
como memorial de una nueva Guernica, la Guernica del periodismo
veraz, oportuno y valiente-.
Señalo una diferencia con el pasado en este intento de "totalitarismo
mediático".
La guerra del Golfo fue un espectáculo ascético.
Asistimos, noche a noche, a un espectáculo televisado a colores
en tiempo real. Hermosos juegos de artificio. Nunca vimos los cadáveres.
Esta vez, sí.
Desde Qatar, la emisora Al Yazira se ha encargado de diseminar
las imágenes de la muerte y la destrucción, tan cuidadosamente
maquilladas hace 10 años.
Esas imágenes llegan a 40 millones de árabes que
han visto morir a sus hermanos en una contienda sin justificación,
como las vieron millones más en todo el mundo, millones de
ciudadanos que se preguntan, a veces con la mayor buena fe, a veces
partidarios de la coalición británico-americana:
-"¿Cuál entre todas las causas invocadas es
'la causa justa'?".
-"¿Cómo escoger entre este popurrí de
pretextos abiertos y razones ocultas?".
La posesión de armas de destrucción masiva por Irak
un día. La conspiración de Sadam Husein con los terroristas
de Al Qaeda al día siguiente. Derrocar al tirano iraquí
y cambiar el Gobierno de Bagdad, un lunes. Reordenar al Medio Oriente,
el martes. Y garantizar el suministro de petróleo 50 veces
más fácil de extraer en Irak que n'importe où,
y con el 50% de los yacimientos mundiales. Escoja usted la razón
que, como dicen en México, más le cuadre.
Olvídese que el presidente Bush viene de la petrolera Arbuston
Exploration, en sociedad con la familia Bin Laden -la rama decente,
supongo-.
Olvídese que el vicepresidente Dick Cheney formó
parte durante décadas de la administración de la Halliburton
Oil, la mayor compañía de refacciones petroleras del
mundo.
Olvídese de las ligas de Condoleezza Rice con la Chevron
Corporation.
Olvídese que fue el mismísimo Donald Rumsfeld, actual
secretario de la Defensa norteamericana, quien en 1983 llegó
a acuerdos amorosos con Sadam Husein, suministrándole armas
químicas y bacteriológicas para la guerra contra el
enemigo de entonces, el Irán de los ayatolás.
Si todo esto es cierto, ¿qué impide que en esta hora,
ocupada una parte del territorio iraquí, no se descubran
armas de destrucción masiva convenientemente plantadas allí
por los mismos que originalmente las obsequiaron al detestable dictador
de Bagdad?
Siniestro juego, sangrienta charada que pone contra la pared, pero
a mi juicio aviva y responsabiliza, más que nunca, a los
medios de información.
Es difícil. En la guerra de la información, los atacantes
necesitan satisfacer auditorios, tranquilizar clientes, amenazar,
expulsar a los periodistas veraces y sellar alianzas cómplices
con los informadores sumisos. Los atacados, a su vez, se defienden
con estudios móviles y antenas auxiliares que suplen la destrucción
de los inmuebles televisivos.
Digamos que ni la coalición británico-norteamericana
ni el régimen de Bagdad eran dueños de la verdad absoluta.
Lo que importa es que haya más de una versión del
conflicto.
Lo excelente es que la credibilidad se haya vuelto más exigente
y, en consecuencia, la manipulación sea menor.
Y lo que importa, por sobre todas las cosas, es que, cualquiera
que sea la posición de los gobiernos, la opinión pública,
en todo el mundo, se está manifestando de manera imponente,
masiva, jamás antes vista, movida por su propia inteligencia
y por su propia discriminación entre la verdad y la mentira
en los medios que la informan.
Éste me parece un hecho espectacular, inédito y de
consecuencias incalculables para la reconstrucción no sólo
del devastado país iraquí, sino de un orden mundial
basado en derecho, sujeto a autoridad competente, respetuoso de
las divergencias inevitables, pero abierto a la negociación
permanente, y, sobre todo, abocado a confrontar y apoyar, con la
solidaridad internacional, los inmensos problemas de educación,
salud, inversión, trabajo, ecología, protección
de minorías y lucha contra el crimen organizado, que la actual,
injusta e innecesaria guerra ha echado al olvido.
Vivimos en un mundo que se dice conservador y lo convierte todo
en basura.
Practicamos una economía de productos kleenex desechables.
Atestiguamos las inmensas distancias entre los espacios económicos
y los controles políticos.
Cuando la economía es basura, la política es tortuga
y la palabra paradoja, orwelliana, nos incumbe a todos, escritores,
periodistas, productores, trabajadores, ciudadanía, devolverle
su recto sentido al habla, recordar que nos corresponde la tarea
indispensable de preservar la experiencia, mantener abierto el horizonte
de las posibilidades humanas, incrementar los espacios de la conducta
social, enriquecer la sensibilidad personal.
El hombre, dijo Pascal, es un enigma triste. El mundo se rige por
la opinión y la fuerza. Pero nada es simple, añade
el filósofo francés.
Es cierto. Acaso todos nosotros -periodistas, escritores, comunicadores-
sólo escribimos y decimos lo parcial para contestar a lo
incompleto. Pero perseveramos en nuestras tareas porque le damos
al periodismo el valor magnífico de ser forma de convivencia.
Porque, para volver a Lledó, le damos "cauce a la memoria".
Porque, para regresar a Ortega, debemos entender que, si queremos
la salud de la ciudad, debemos procurar la salud del mundo.
Tales son nuestros principios, nuestras guías, tan vivas,
tan claras, tan sensibles en esta noche de obligaciones y derechos
de la palabra que ahora premiamos, porque los galardonados con los
Premios Ortega y Gasset han sido, y seguirán siendo, fieles
a la palabra, fieles guardianes de la sociedad en su conjunto.
Que la opinión libre prive sobre la fuerza bruta.
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(*) Artículo aparecido el 9 de mayo en el periódico
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